Jean Tinguely: el maestro de las máquinas cinéticas

 

El escultor suizo Jean Tinguely forma parte de un grupo de artistas que entre los años cincuenta y sesenta del siglo XX se planteó una alternativa radical llamada "nuevo realismo" para hacer frente a la abstracción geométrica y el arte informalista. La estrategia para conseguirlo fue hacer de la realidad —una realidad en movimiento que se hallaba fuera del mundo del arte y del museo— el centro de su pensamiento. Este interés se combinó con una versatilidad donde coincidían su condición de artista e intelectual de vanguardia junto con la de una especie de celebrity, controversial y carismático.


Las controversiales máquinas de Tinguely

Las obras de Tinguely (Friburgo, 1925-Berna, 1991) resultan bastante accesibles, incluso para alguien no familiarizado con el arte moderno. Lo primero que destaca en sus realizaciones es el interés en el movimiento, pero no solo en un sentido físico, sino en el carácter alegre y divertido de sus animadas esculturas cinéticas, como las que presentó en la exposición "Le mouvement" (Galerie Denise René, 1955). Sin embargo, esto no impide que en ocasiones sus instalaciones con máquinas sin ninguna utilidad o que se autodestruyen puedan tener una carga irónica o macabra. En estas propuestas el sentido de su trabajo era llamar la atención sobre la época en que vivimos, la fuerte instrumentalización del ser humano y la muerte. Frente a esto, Tinguely esgrimió la actitud del homo ludens: la utopía del hombre que juega y que libre del trabajo es capaz de definir la sociedad de una nueva forma. 

En contexto“Le mouvement”: la exposición que marcó el inicio del arte cinético


Jean Tinguely. Heureka, 1964. Foto: Roland zh

En 1960 participa en la creación del movimiento del nuevo realismo, que plantea otras vías para una apropiación directa de la realidad. Imbuido de ese reciclaje de lo contemporáneo que proponía el grupo, la producción de estos años de Tinguely incluyó esculturas que versionan a Malevich, Miró o Klee, solo que activadas por complejos mecanismos internos; máquinas de dibujo interactivas que generan y firman de manera autónoma sus propias abstracciones; o grandes instalaciones de piezas construidas con chatarra oxidada que parecen bailar en el espacio público. Entre sus obras más famosas se encuentran las máquinas Méta-Matic Nº 10 (1959) y Cyclograveur (1960); sus instalaciones auto destructivas y performances, como el Homage to New York (1960) en el jardín del MoMA y el Study for an End of the World Nº 2 (1962) en el desierto de Nevada, junto con Heureka (1964) y su participación en la monumental “arquiescultura” HON — en katedral (1966) realizada por Niki de Saint Phalle, entre otras.


Un enfoque diferente del museo y el arte

El legado de Jean Tinguely puede establecerse en su ambiciosa manera de fusionar arte y vida. Esto lo resolvió, por una parte, enfrentando el arte convencional que tachaba de estático y a las instituciones que lo promueven. Por la otra, replanteando la condición del espectador como un visitante que podía alterar con su presencia el cubo blanco del museo y convertirlo en un espacio público e interactivo. En todo esto subyace su afán en superar la idea del artista individual como genio creador y en asumir prácticas más colaborativas como un modo de ampliar el sentido social de lo estético. El arte de Tinguely satirizo la automatización y la sobreproducción tecnológica de los bienes materiales.


También te puede interesar:

Jean Tinguely: A Retrospective. Kaira Cabañas, Hans-Christian von Herrmann. Verlag Der Buchhandlung Walther König, 2016. 248 páginas.



Crédito de la imagen inicial:
Ilustración: María Leis

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