La Olivetti Lettera 22: el icono cultural que revolucionó la forma de escribir

 Más que una simple máquina de escribir, la Olivetti Lettera 22 representó un hito cultural que transformó la forma en que las personas creaban, comunicaban y compartían ideas. Su diseño elegante, funcionalidad robusta y portabilidad inigualable la convirtieron en un objeto de deseo para escritores, estudiantes, profesionales y artistas de todo el mundo.

Marcelo Nizzoli. Lettera 22, 1950. Carcasa de metal esmaltado, 8,3 x 29,8 x 32,4 cm. Olivetti & CSpA, Ivrea, Italia. Museum of Modern Art, Nueva York. Foto: MoMA

En esa especie de autobiografía intelectual que es Menos que uno, Joseph Brodsky cuenta que fue en el verano del setenta y siete cuando se decidió a comenzar a escribir en inglés. Habían pasado cinco años desde el inicio de su exilio estadounidense, tiempo en que además de escribir ensayos, traducciones y algún poema, se propuso el estudio de la obra de su admirado W. H. Auden. 

El punto es que para confirmar su opción por una nueva lengua, Brodsky se fue hasta una tienda en la sexta avenida de Nueva York y una vez allí se compró una máquina de escribir: una Lettera 22.

Que un escritor ruso se decida a escribir en inglés y acto seguido adquiera la popular máquina de Olivetti, es algo que no queda muy claro en las memorias de Brodsky. Sin embargo, es posible interpretar este gesto a la luz de la promesa que ofrecía el particular diseño de aquel artefacto. 

Había mucho de empoderamiento y cierta democratización en la Lettera 22, sobre todo en su predisposición a un tipo de escritura que podía pasar rápidamente del suceso o idea germinal al negro sobre blanco de su expresión tipográfica, lista para una entrega escolar o académica, la redacción de un periódico o la imprenta. 

En cierto sentido, el proceso creativo recordaba al de los primeros pintores impresionistas cuando abandonaron su taller para crear sus obras en el espacio abierto y público del plein air.


Un diseño atemporal

La Lettera 22 era una máquina de escribir portátil fabricada por la empresa italiana Olivetti. Fue concebida por Marcello Nizzoli en 1949, un laureado diseñador y arquitecto, quien también creó otros objetos célebres como la máquina de coser Mirella para V. Necchi Spa.

La carcasa compacta y las líneas depuradas de la Lettera 22, junto a su paleta de colores vibrantes, desafiaron los diseños tradicionales de las máquinas de escribir de la época, convirtiéndola en un símbolo de innovación y sofisticación, en especial por su estética minimalista y moderna.


Más que una herramienta de oficina

La Lettera 22 no solo se limitaba a ser una herramienta de oficina. La principal promesa de su diseño era la portabilidad y en aquella época tal cualidad se expresaba en sus dimensiones: 8 x 30 x 32 cm aproximados y en su peso: cerca de cuatro kilos. Aunque esto dista mucho de los estándares actuales, en su tiempo estas características hicieron muy popular a esta máquina de escribir. 

La portabilidad de la Lettera 22 la convirtió en un elemento indispensable para escritores en movimiento, permitiéndoles plasmar sus ideas en cualquier lugar y momento. Desde cafés y parques hasta viajes por el mundo, la máquina de escribir se convirtió en una extensión de la creatividad.


Impacto en la literatura y el arte

Pero la Lettera 22 no fue solo un instrumento de trabajo sino también un símbolo de la cultura del momento, lo cual contribuyó enormemente a cimentar su popularidad. Así, la encontramos como referencia en varias creaciones artísticas. 

Thomas Pynchon la incluye en su novela Vicio propio, cuando describe una mesa cuya superficie “estaba salpicada de guías telefónicas, lápices, fichas de siete y medio por doce y medio en cajas y sueltas, mapas de carretera, cenizas de cigarrillos, un transistor, pinzas de colillas, y una Olivetti Lettera 22 […]”.

Y en la película Plein soleil (René Clément, 1960), se ve al talentoso Mr. Ripley, interpretado por Alain Delon, urdiendo sus siniestros asuntos en una de estas populares máquinas de Olivetti.


Alain Delon en una escena de Plein soleil, 1960

Otros autores que encontraron en el sonido metálico y el ritmo del tecleo de la Lettera 22 una fuente de creatividad y expresión fueron Günter Grass, quien tenía tres, o Joan Didion, quien la usó para escribir su novela Río revuelto de 1963, además de la anécdota de Joseph Brodsky referida al principio. Esta presencia llega a tal punto que en un reportaje sobre Leonard Cohen publicado en 1985 en la revista Spin, la Lettera 22 hace de especie de eje narrativo que permite comprender el proceso creativo del cantante y compositor canadiense.


Leonard Cohen y su Lettera 22. Montreal, 1963. Foto: Allan R. Leishman

Un legado perdurable

A la fama de la Lettera 22 contribuyó el premio Compasso d’oro que obtuvo en 1954 y el hecho de que en 1959 el Instituto de Tecnología de Illinois la seleccionara como el producto con el mejor diseño de los últimos cien años. 

La importancia cultural de esta máquina de escribir también se vio refrendada por el hecho de que en 1953 la corporación Olivetti donó uno de los primeros ejemplares al Museum of Modern Art de Nueva York, en cuya colección se puede encontrar hoy en día.

Más allá de su funcionalidad, la Olivetti Lettera 22 se convirtió en un objeto de culto, un símbolo de la cultura italiana y un referente del diseño industrial del siglo XX. Su imagen ha trascendido las fronteras del tiempo, apareciendo en películas, obras de arte y exposiciones de diseño alrededor del mundo.

A pesar de la irrupción de las computadoras y procesadores de texto, la Olivetti Lettera 22 sigue siendo una pieza añorada por muchos. El impacto que tuvo en la forma en que pensamos y nos comunicamos fueron contundentes. Desde su diseño minimalista y austero, la Lettera 22 nos recuerda el poder de las palabras y la belleza de la expresión escrita, incluso en la era digital.


También te puede interesar:

Joseph Brodsky. Menos que uno. Traducción: Carlos Manzano. Siruela, 2011. 100 páginas.

Joan Didion. Río revuelto. Gatopardo Ediciones, 2018.

Thomas Pynchon. Vicio propio. Traducción: Vicente Campos González. Tusquets, 2014. 432 páginas.

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