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Artistas chilenos en Venezuela

Rodolfo Opazo. Sin título, 1973. Universidad Simón Bolívar, Caracas

En la Venezuela del siglo XX, Chile surge como una referencia valiosa en el campo de la educación y en especial en lo que concierne a nuestra enseñanza del arte. La historia se remonta a 1936, cuando la larga dictadura de Juan Vicente Gómez llegaba a su fin y en nuestro país tocaba actualizar o incluso crear una cultura de la institucionalidad pública, algo desconocido para buena parte de la población cuya carencia, como era de esperar, se supliría desde la escuela.

En Chile había transcurrido el exilio del eminente intelectual venezolano Mariano Picón Salas, quien fue llamado por el nuevo gobierno venezolano para ocuparse de la reforma del sistema educativo nacional, la cual incluía la enseñanza artística, todavía anquilosada en el vetusto esquema académico de las bellas artes. En el país austral se estudiaban muchas de estas ideas y algunos de sus cultores llegaron a Venezuela con Picón Salas, conformando lo que se ha dado en conocer como la misión chilena.

Con el paso de los años y por diversas razones, nos correspondió recibir a varios intelectuales y artistas chilenos que se asentaron en estas tierras y dejaron huella de su sensibilidad creadora. De aquellos artistas, hubo algunos que se integraron en el ambiente contracultural que se desarrolló en Venezuela a través de grupos como El Techo de la Ballena, o luego en la bohemia de la inefable República del Este.

Nemesio Antúnez. Los peligros de la danza, 1972
Universidad Simón Bolívar

Parte de esa nutrida relación entre Chile y Venezuela se puede apreciar en la exposición “Arte chileno en Venezuela” que presenta la Galería CAF en Caracas. Allí se reúne el trabajo de 15 artistas que cubre un período que se inicia en el paisaje de motivos venezolanos de los años treinta del siglo XX y llega hasta obras más contemporáneas.

Aunque no parece prevalecer una ilación conceptual entre las piezas, surgen ciertas cualidades que sin ser atribuibles a un hipotético, en nuestra opinión, "arte chileno", resultan propicias para abordar una sensibilidad, un modo de elaborar la forma y el color por las gentes de aquellas latitudes donde se aúnan la condición latinoamericana, la influencia imponente del Pacífico y la cordillera, y sumado a ello, una “temperatura” particular con incidencias lumínicas que en general hablan de un equilibrio entre la fuerza de la emoción y la razón de una idea que la sustenta.

Mucho de eso se puede captar en el cromatismo temperado de Aníbal Ortizpozo, José Balmes o incluso en la explosiva desintegración formal de Marcela Krause.  Hay también una suerte de disección de referentes espaciales y conceptuales como proponen Nemesio Antúnez, Dámaso Ogaz y Mario Toral. También en la valoración austera de la forma como lo hacen Raúl Valdivieso, Ricardo Yrarrázaval y Rodolfo Opazo.

José Balmes. Sin título, sin fecha. Colección particular

Como nota al margen, la ocasión es propicia para llamar la atención sobre la necesidad de futuras investigaciones que rescaten del olvido a algunos representantes de las artes del fuego y las artesanías que tuvieron actividad en el país a partir de la reforma de 1936 antes mencionada. Esa presencia se remonta al casi desconocido maestro de esmaltes Luis Passi, y a la artesana y pintora María Valencia. En el renglón de artistas más renombrados es de extrañar la ausencia del pintor Marco Bontá, quien fuera profesor de vitrales en Caracas y con quien estuvo casada durante varios años la venezolana Mercedes Pardo. En el renglón de las artes del fuego se podrían sumar los nombres de las ceramistas Ana Ávalos y Ruth Kiwi.

Estas carencias, que no restan méritos a la estupenda selección que ofrece la Galería CAF, evidencian la amplitud del impacto chileno en nuestras artes visuales. Lo que se aprecia en esta exposición habla de lo fecundo que ha sido ese influjo en Venezuela y que se extrae además de la presencia de estas obras en importantes colecciones nacionales. Pero tal vez lo más trascendente que se puede confirmar a través de estas piezas es el singular aporte con que Chile ha contribuido a la construcción del potente imaginario del arte latinoamericano actual.

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