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Robert Rauschenberg

 


Urban Order, ROCI-Venezuela, 1985
Museo de Arte Contemporáneo de Caracas

Desde principios de la década del 50 del siglo XX, Robert Rauschenberg hacía sus cuadros con objetos que encontraba en la calle, incluso en los basureros, con los que creaba impactantes collages y pinturas. El hecho en sí resulta sustantivo si pensamos en lo que era la escena del arte en Estados Unidos en ese momento, y especialmente en Nueva York, donde predominaba la corriente del expresionismo abstracto. La incorporación del objeto por parte de Rauschenberg, junto con Jasper Johns, significó en muchos sentidos una apertura de gran trascendencia para el arte moderno de la segunda mitad del siglo XX.

Rauschenberg (Texas, 1925-Florida, 2008) había pasado por la Académie Julian en París y el Black Mountain College en Carolina del Norte antes de instalarse en Nueva York. En esta ciudad fue tal vez de los primeros en reflejar el exceso consumista de la sociedad estadounidense y la incomunicación entre las personas que acarreaba la vida moderna. El medio del que se valió para expresar esa visión no pudo ser otro si no el objeto, la cosa encontrada en la calle o en el basurero como vestigio existencial.

El objeto en el arte del siglo XX había tenido dos antecedentes importantes. Por una parte, el surrealismo lo había utilizado para conducir una serie de proyecciones simbólicas hermanadas con el psicoanálisis. Por la otra, el tono desacralizador del dadaísmo terminó por establecer un callejón sin salida para el arte mediante el envío de un objeto tan abyecto como un urinario a la exposición de la Society of Independents Artists en 1917.

Rauschenberg quería rescatar al dadaísmo de la neutralidad en que había caído como etiqueta histórica y reivindicar su esencia vivificante y controvertida, superando el carácter paralizante que había significado el ready-made. En lo que respecta al surrealismo no le interesaba directamente la utilización del objeto como pantalla de proyección de interpretaciones personales. En esa diferencia reside gran parte de la amplitud del arte moderno a principios de la segunda mitad del siglo XX y tiene que ver con la incorporación en el arte del objeto cotidiano en cuanto sus aspectos más vitales.

El recurso técnico del ensamblaje le permitió llevar a cabo estas ideas integradoras del arte y la vida, que en su caso derivó en una espacialidad escénica, donde distintos puntos de interés se reparten por toda la obra, dando lugar a lo que Lucie-Smith llamó una “sensualidad documental”. Estos aspectos se reúnen en sus trabajos más conocidos: las combine-paintings, obras en que la presencia del objeto actuaba como elementos que eran verificados por el espectador en un gran número de asociaciones que, no obstante, se resistían a definiciones únicas.  Esas imágenes ya no son una representación de algo sino que actúan como citas de algo conocido. De allí que la mirada no necesariamente quiera reconocer la pintura, sino más bien deslizarse por los objetos como si estos fueran "puntuaciones en el flujo de la pintura".

En 1985, Robert Rauschenberg presentó en Caracas una exposición inspirada por un interesante proyecto, el cual se proponía estimular un diálogo internacional a través del arte. El proyecto se tituló el Rauschenberg Overseas Culture Interchange. ROCI (que se pronuncia como “rocky”) fue una experiencia artística de siete años que abarcó un recorrido por diez países, de la que resultaron obras realizadas en casi todas las disciplinas conocidas, incluyendo una cometa gigante y una bicicleta de neón.

Unos de los alcances del proyecto era que el artista dejaba una obra en cada país que visitaba. En la de Caracas están representadas lo que podríamos llamar algunas de las potencialidades simbólicas más importantes de la historia moderna del país suramericano. El mítico dios del progreso enaltecido en la avenida Bolívar, el dios de la religión visto a través de la imagen de Jesús, y el dios de la política en una pintada electoral. Esta trinidad rodea una cuarta imagen que es la de las barriadas caraqueñas. El conjunto se presenta como una especie de diagrama vital —sensual— de nuestra compleja realidad a través de la mirada artística de Rauschenberg, quien siempre estuvo atento a esos contrastes de esplendor y ocaso que signan el diario vivir de una sociedad.

También te puede interesar:
Robert Rauschenberg. Leah Dickerman y Achim Borchardt-Hume. Museum of Modern Art, 2017. 392 páginas.

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