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Manuel Quintana Castillo. Pintura topológica


Uno, 1992

A comienzos de los años noventa, Manuel Quintana Castillo elabora una reflexión sobre el espacio pictórico a partir de una rama de la geometría conocida como topología, una disciplina cuyas aplicaciones buscan establecer modelos o estructuras para espacios inestables. La interpretación artística de este planteamiento corresponde a la etapa de la pintura topológica. El resultado es una propuesta en la cual los signos, las caligrafías y las líneas atienden a una noción del espacio entendido como continuidad, en el que puedan convivir el azar y la racionalidad de las estructuras geométricas.

Su propósito es reivindicar la superficie bidimensional y el espacio plano del cuadro, el cual ya no pretende ser ilusorio, sino real y concreto. De esta manera, la pintura deja de ser el reflejo o el instrumento comunicativo de otras realidades, para convertirse en una realidad sustantiva y a la vez integrante de la totalidad del mundo, capaz de señalar y presentar la actividad de un tiempo individual y cualitativo.

Heráclito trece, 1995

Para mediados de los años noventa, Manuel Quintana Castillo adquiere una mayor conciencia del carácter fragmentario y continuo de la pintura considerada como acción vital. El artista resume estas preocupaciones en la frase del filósofo griego Heráclito —nadie se baña dos veces en el mismo río—. La propuesta de El río de Heráclito destaca en un primer momento por una ausencia de colorido, que no obstante insiste en la paleta densa, la huella rápida del grafismo, las pinceladas lineales y los fuertes trazos gestuales. El sistema de coordenadas elaborado a partir de verticales y horizontales contribuye a organizar el devenir continuo de la vida reflejado en la sensación de cambio incesante contenido en la pintura. El resultado metafórico es una obra cuya superficie actuaría a modo de una “piel del tiempo”, capaz de registrar el presente dinámico en el cual la pintura se realiza, así como la experiencia de todas las etapas que antecedieron al pintor.

Pintura topológica con huella digital, 2000

Ante las inhibiciones y el temor que a veces impone la tela en blanco, Manuel Quintana Castillo se ha planteado estas obras no como pinturas en sí mismas sino como los muros entrañables de un tiempo pasado. Su intención es evocar el carácter funcional y plástico que puede hallarse en los tabiques que dividían el interior de las casas rurales de su infancia. A partir de esta consideración tan desprejuiciada del soporte, el tabique consistiría en un simple “poner cosas” sobre una superficie plana, en la cual es posible alcanzar una convivencia orgánica entre lo que se pinta, lo que se pega, o lo que aparece de manera fortuita en la tela. La racional estructura geométrica presente en sus etapas anteriores cede ahora ante los percances propios que implica la realización del cuadro. Se trata de todo un compendio de “acontecimientos plásticos”, expresados en los múltiples signos, huellas, chorreados, caligrafías y figuras, que caracterizan sus preocupaciones artísticas.

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