lunes, 4 de junio de 2018

Nanda Botella. Grietas, franjas y color


La pintura es, por convención, una superficie plana donde se aplican pigmentos para crear formas que son producto de las emociones, vivencias e ideas de un autor, capaces a su vez de estimular emociones e ideas en un espectador que podrá con ellas, eventualmente, explorar o elaborar una interpretación del mundo.

También por convención la pintura ha sido un espacio ilusorio, una clase de territorio del arte cuya independencia con respecto a la realidad cotidiana del espectador era establecida por el marco de la obra, una ventana desde la que se podía proyectar además una enseñanza religiosa, histórica o moral.

Prácticamente la historia del arte contemporáneo comienza con el cuestionamiento de la cualidad ilusoria de la pintura y de la distancia que la alejaba de una descripción más abarcante de la realidad, entendida esta como algo más complejo que lo solo visible.

En un principio, los artistas se dieron a la tarea de introducir temas que desafiaron la tradición moralista del arte, pero luego utilizaron medios como el cuestionamiento de las propias formas figurativas, aquellas que representan las cosas que nos rodean y con las que estamos familiarizados. De allí, se puede entender el surgimiento del arte abstracto como la voluntad de crear obras autónomas ante cualquier historia o anécdota particular.

Foto: Galería Alba Cabrera

En ese cuestionamiento, la pintura comienza a abandonar muchos de los elementos que la definen como tal: la idea de ventana, el límite del marco, la presencia del pincel y su propia bidimensionalidad. Ese trayecto hizo que en muchas ocasiones la pintura saliera de sus propios límites conceptuales y se internara en el espacio de otras disciplinas como la escultura, la arquitectura y el diseño. Esta abreviada historia se vincula con la aspiración de la pintura de dejar de ser el contenido de una ilusión y de ser ella misma un objeto integrado en la cotidianidad del ser humano, un objeto concreto, con autonomía propia dentro del espacio que ella ocupa.

La artista Nanda Botella (Valencia, 1960) presenta ahora una exposición en la que reúne obras que remiten mucho a estas ideas pero con una perspectiva contemporánea que permite revisar y reflexionar sobre el papel de la pintura en el arte actual. La propuesta, que se puede apreciar en la Galería Alba Cabrera bajo el título "Grietas, franjas y color", se avizora como un punto de llegada donde confluyen algunas de estas posturas históricas acerca del devenir contemporáneo de la pintura. Por una parte se observa el protagonismo del componente emocional elaborado a través del color y las reacciones sensibles del espectador frente a las armonías y climas cromáticos. Por la otra, hay un manejo de la forma que oscila entre la mancha orgánica y la precisión geométrica.

Foto: Galería Alba Cabrera

Pero esa búsqueda emotiva a través de la forma y el color no concluye allí, sino que se interna también en una modificación del soporte bien sea por perforaciones, cortes o desgarramientos de la tela que intensifican la expresividad de la obra. A ello se suma la superposición de cajas acrílicas que asociadas tradicionalmente a un interés de conservación, aquí subvierten su sentido y se asumen también como otro plano pictórico que establece el tránsito a la tercera dimensión.

El principal atractivo de la propuesta de Nanda Botella se podría fijar en esa alteración del soporte que abre el límite de la pintura a lo que hay detrás y delante de ella, ya sea como ruptura del espacio ilusorio que deja ver incluso el muro donde ella se apoya, o bien a través del acrílico intervenido que la hace desafiar su propia bidimensionalidad.

"Nanda Botella. Grietas, franjas y color". Galería Alba Cabrera. A partir del 24 de mayo de 2018. Más información en albacabrera.com

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