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Esculturas de Arturo Berned



Siempre me ha parecido interesante el hecho de que haya arquitectos que se lancen a explorar el mundo de las artes plásticas, o de artistas que, por una vocación recóndita, a partir de cierto momento comienzan a evidenciar un pensamiento arquitectónico en sus pinturas o esculturas. Esa relación entre artes plásticas y arquitectura tiende a exponer el vínculo íntimo entre un pensamiento organizado y lo que se espera que sea la obra final.

De tal modo que no debería haber un lugar excesivo para el azar o para finales inesperados. La obra, así entendida, bien pudiera ser la comprobación de una hipótesis o el desarrollo de una idea a través de la ejecución de un código que se domina de antemano.

Eso me gusta porque le da un sentido, por así decirlo, más coherente a la abstracción y a la geometría, que es donde casi siempre se expresan estos artistas cercanos a la arquitectura. Y cuando digo sentido no me refiero a la posibilidad de analogías con el marco de referencias del espectador, sino con ciertos atributos que son propios de la arquitectura: el sosiego y la calidez, por ejemplo, por la que debería orientarse, aun a costa de desafiar nuestras convenciones perceptuales. Justamente, porque el dominio de la línea y el plano en su escala más humana tendería a transmitir sensaciones de resguardo. En el caso de la arquitectura supongo que hay una gramática del espacio que se adquiere con el estudio de la profesión, así como una valoración sensible de los elementos plásticos cuando no están sujetos a la finalidad del proyecto arquitectónico.

En la exposición "Escultura de proceso" de Arturo Berned (Madrid, 1966), que presenta el Institut Valencià d’Art Modern, me encontré con varias de estas ideas. Él es arquitecto y escultor, y además se declara en parte influido por el trabajo de artistas latinoamericanos, especialmente de Argentina, Brasil y Venezuela. No en vano el encuentro entre pintura, escultura y arquitectura logró gran relevancia al calor de las utopías modernas que desde los años cuarenta del siglo XX arroparon los discursos progresistas en América latina, y aun hoy es una tradición que pervive y una referencia que las jóvenes generaciones de artistas toman en cuenta bien sea para cuestionarla o rechazarla.

En el caso de Berned subsiste el empleo del acero inoxidable y en gran medida del tipo corten, que se caracteriza por una pátina de óxido que le confiere cualidades particulares de textura, color y también de proceso, de un tiempo que transcurre, como alude el título de la exposición. Otro atributo del material seleccionado por el artista, y en particular del tratamiento formal al que lo somete, es que se presta muy bien para "construir" volúmenes, pero no a partir de cuerpos macizos como tradicionalmente ocurre en la escultura clásica, sino mediante una valoración sustantiva del vacío que dejan los cortes en el acero, lo cual propicia por lo menos dos situaciones de interés:

  • a) que el espectador, a través de una contemplación activa de la obra, puede construir o reconstruir otras formas que aparentemente no están en el volumen que observa, las cuales surgen de su punto de vista, que debe ser variable y explorador.
  • b) que, por estos mismos cortes en el plano formal, el espacio circundante que rodea a la obra, con sus accidentes y constantes, se convierte también en parte de ella y ya no en un simple telón de fondo.


Con lo cual tendríamos que uno de los aportes sustanciales de la arquitectura a las artes plásticas sería su especial estimación del espacio en una doble vertiente que lo considera como elemento plástico que se inserta en la obra misma, y como vehículo de sentido que a partir de la valoración del entorno permite una aproximación social.

Un poco guiado por estas premisas hice el recorrido por la exposición de Berned y el resultado fue en general satisfactorio. No obstante, en algunos momentos las obras me parecieron no comulgar del todo con el alojamiento del museo y aun con el punto de vista del espectador, por lo que tal vez a esa circunstancia se haya debido el título de “el taller del artista” para esta sección del recorrido. Dos grandes obras verticales al inicio de la muestra se integran muy bien con la escala de la sala. Por el contrario, las que tienden al cubo parecen quedarse cortas, de allí que la disposición en diagonales y el tono oscuro de la ambientación resulte propicia para minimizar ese detalle. La eficacia de rotar el prisma es patente en las obras que se ubican en el exterior del museo donde la armonía entre cuerpo escultórico y entorno resulta agradable. Ese dinamismo de la diagonal parece imbricarse simbólicamente con el ritmo de las urbes modernas. Pero también el esquema triangular remite a analogías asociadas con actitudes más serenas o hieráticas, como las que conectan con la forma de una montaña o con la paz sepulcral de las pirámides.

OG-2012/02 (P.A.), 2011, con Héctor Gómez Rioja. Col. del artista. Fotografía IVAM

Ese interés en conectar el punto de vista del espectador y las distintas visuales que la obra ofrece se resuelve muy bien con el uso de las mesas con espejo de la sala superior, donde además se establece una relación con el color, y en especial con las fotografías que Berned ha hecho en colaboración con Héctor Gómez Rioja. Este momento es de gran significación porque en cierto modo las fotografías de este tipo de esculturas, que cuentan con la autoría o participación del artista, permiten revelar su propósito y mirada, y son por ello de un gran contenido didáctico. Lo que se ve en esas fotografías sería una traducción en dos dimensiones de lo que Berned intenta construir a través de las esculturas. Y como suele ocurrir con el acero inoxidable, la luz, al impactar sobre el metal, se convierte en el elemento con que son escritas las líneas y planos. Esta búsqueda se explora en dos contundentes esculturas en blanco que cierran la exposición, del mismo modo que la penumbra, con su juego de sombras, enaltece las texturas y los matices terrosos del acero corten.

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