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Un Sorolla más personal se muestra desde su jardín

Joaquín Sorolla, El jardín de la casa de Sorolla, hacia 1919. Museo Sorolla

El tratamiento del espacio exterior como animado albergue de fenómenos de luz y color es un asunto que Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Madrid, 1923) desarrolló magistralmente a lo largo de su pintura de paisajes. A ello contribuyeron las condiciones lumínicas de una ciudad como Valencia y el efecto reflectante con que el mar Mediterráneo influye en la percepción de las formas. Pero sobre todo, fue la aguda capacidad de observación de Sorolla y una extraordinaria sensibilidad lo que le permitieron hacer de lo mirado un trasunto poético de la contemplación. Esa dimensión del ser que mira y relata lo natural explicaría que al concebir el espacio de su vivienda familiar y taller, Sorolla diera singular importancia al jardín, tal vez como insistente prolongación de la felicidad arcádica de sus pinturas. Este tema que en un principio parece pertenecer más al ámbito de la arquitectura, fue un motivo recurrente en la obra del artista valenciano y en él se detiene la exposición “Sorolla. Un jardín para pintar” que presenta el Centro Cultural Bancaja.

Enfocada en una faceta poco conocida de Sorolla, propia de una reflexión creadora más personal, la exposición se centra en el estudio de los cuatro espacios que conforman el jardín que el artista ideó para su vivienda y taller, realizada en Madrid entre 1909 y 1911, según proyecto del arquitecto Enrique María de Repullés y Vargas. Para esta ocasión se han reunido más de un centenar de obras entre pinturas, bocetos, dibujos, esculturas, azulejos y fotografías procedentes en su mayoría del Museo Sorolla, así como de otras colecciones como Fundación Bancaja, Museo de Bellas Artes de Valencia, Ayuntamiento de Valencia, Museo Carmen Thyssen de Málaga, Hispanic Society of America y coleccionistas privados.

La exposición asume el jardín de la residencia de Sorolla a partir de un enfoque histórico, donde las fotografías, cartas, planos, elementos ornamentales y por supuesto las propias pinturas dan cuenta de la investigación, reflexión y estudio que acompañó la realización de este enclave vegetal. En este sentido, destacan en la muestra tres vertientes de recorrido que proponen el jardín como espacio de la intimidad familiar, como desencadenante del disfrute estético y como motivo de la creación artística. En esa visión se mantiene como una constante la inspiración andaluza seguida por el artista para el diseño de estos jardines, que lo condujo a copiar ciertos espacios de patios granadinos y sevillanos, y hasta incorporar con pasión de coleccionista, azulejos, elementos arquitectónicos y árboles, en su mayoría reminiscentes del sur de España. A ello se suma la consideración de las plantas desde su importancia botánica pero también desde el efecto cromático que podían ejercer en el espacio de la vivienda y en su equivalente en pintura. Finalmente, la muestra se complementa con una selección de pinturas donde el jardín valenciano tiene especial presencia, así como con varios ejemplares de azulejos provenientes de la población de Manises.

Este proyecto ofrece una magnífica oportunidad de internarse en el universo lumínico de Sorolla a través de una faceta más íntima de su trayectoria como pintor y como hombre, en un espacio que para él fue propicio no solo para el deleite estético, la vida familiar y el encuentro social, sino también porque aquel reducto madrileño, hoy sede del Museo Sorolla, fue testigo de sus últimas obras.

"Sorolla. Un jardín para pintar". Del 7 de noviembre de 2017 al 19 de marzo de 2018. Centro Cultural Bancaja. Comisariado: Consuelo Luca de Tena. Co-comisariado: María López y Ana Luengo. Más información y horarios en www.fundacionbancaja.es


Tambien te puede interesar (enlaces patrocinados):
Consuelo Luca de Tena (2017). Sorolla. Un jardín para pintar. El Viso.

Blanca Pons-Sorolla (2015). Sorolla. Obras maestras. El Viso.

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